«-En la novela hay un resabio bolañista, aunque no lo suficientemente profundo como para que se coma la historia ¿Cree usted que su generación tiene menos afectos literarios?
-
Hemos heredado algún mito que otro, pero tenemos bastante más orfandad que
otras generaciones. En el fondo eso está bien».
De
los tropecientos títulos que, si hacemos caso a la propia novela (lo que, en
esto de la autoficción es, aunque parezca contradictorio, aún más resbaladizo
de lo que ya era en la ficción a secas), Daniel Jiménez barajó para su primer
libro publicado, sin duda Cocaína «a
secas» es el más afortunado de todos. Sin embargo, también es un título que
puede llevar al prejuicio: libro sobre un escritor cocainómano que nos cuenta
sus aventuras de macho desesperado pero ejemplar: realismo sucio: realismo
sucio a estas alturas de la vida. Hay realismo y hay suciedad en Cocaína, claro, pero carece de muchos de
los elementos característicos de ese cajón de sastre al que venimos llamando
realismo sucio y tiene otros de los que en general aquel carece o por los que
no se interesa (al menos explícitamente). En Cocaína no hay descripciones recreativas del ambiente del
cocainómano o de la mala vida en general, de tugurios turbios y personas sin
oficio ni beneficio, fuera de la sociedad y del sistema y abocadas a la autodestrucción
no reglada. Muy al contrario, en Cocaína nada
es marginal y lo que nos encontramos es el entorno aparentemente cool pero en realidad insulso de la mal
llamada clase media, y ni siquiera el de las fiestas (alguna hay, pero caseras
y en petit comité, y luego unas
cuantas sesiones de cañas/cafés, que tampoco son el escenario preferente de la
novela), sino el familiar, laboral, etc.
La
cocaína en el fondo no es tan importante como su condición de único elemento
del título del libro nos pudiera hacer pensar. La droga de marras actúa, en
realidad, como el aglutinante de toda una serie de temas, la pieza que hace que
el formato diario de Cocaína no se
trate tan solo de eso mismo, de un diario que narra un año en la vida de una
persona. La más obvia, claro, entre otras. Todo con la intención de contarnos
la debacle de un tipo cuya cloaca interior salió a la superficie el día en que
su hermana se quitó la vida, y que desde entonces fue más allá del «¿Por qué?»
para preguntarse también «¿Soy yo como ella?» y «Si es así, ¿cuánto tiempo más
lograré sobrevivir?». A partir de aquí, toda clase de inseguridades, comportamientos
inadecuados y autodestructivos (más mentalmente que físicamente, nada de peleas
de bar innecesarias o cosas por el estilo, sino más bien algo que podríamos
llamar «introspección autodestructiva»; de nuevo: desechemos el paradigma
realismo sucio para hablar de Cocaína)
y daños colaterales derivados de los daños colaterales.
Al aglutinante cocaína y al
hilo implícito suicidio se viene a sumar el hilo explícito literatura. El
protagonista es, además de un cocainómano, un aspirante a escritor, por lo que
su diario está plagado de observaciones sobre la literatura, tanto en sentido
trascendental como en concreto, con observaciones sobre el estado actual de la
cuestión y alusiones a personalidades reales del mundillo (y a personalidades
reales en general, lo que dota a la novela de un gran realismo y una gran
capacidad para sumergir al lector en sus contenidos, virtudes que, por otro
lado, perderá a medida que pase el tiempo, cuando se trate de lectores de otras
generaciones y con otros referentes). En este aspecto, Cocaína funciona muy bien, porque muchas de las observaciones y
reflexiones que se hacen sobre la literatura son para enmarcar y reflejan un
auténtico amor por este arte, por su práctica. Pero además, cualquiera que haya
amado o ame una disciplina cualquiera y se halle inmerso en la lucha por
destacar en ella se identificará por fuerza con la brega del protagonista de Cocaína; en este sentido, el valor de
este contenido es doble, porque no se agota en los escritores o en quienes
puedan estar interesados en el proceso y en el mundillo de la escritura.
Por otro lado, el devenir
del personaje y sus entradas de diario sirven para reflejar una situación de un
perfil concreto en un contexto concreto, por lo que ya se ha tildado a Cocaína de novela generacional, aunque
se diría que hay más incidental que voluntad por parte del autor en esta
circunstancia. Pero sí hay una descripción emocional (explícita) y material
(implícita) de una generación perdida por el choque de la crisis y la incredulidad
e incapacidad de reacción ante la misma que el haber sido niños de la opulencia
le ha generado. Inevitable entonces que haya crítica sociopolítica, en este
caso a veces explícita y a veces implícita. En este aspecto Cocaína es sincera y nada populachera.
Por otra parte, ese ir de lo nihilista cotidiano al desprecio de los modos de vida como forma de crítica sociopolítica consciente lo acerca a Bukowski (sí, ese señor al que sus peores lectores [casi todos] y sus críticos más perezosos [casi todos también] reducen una y otra vez a historias de sexo y alcohol), al que, de hecho, cita. [Sí, ya sé, Bukowski es el rey del realismo sucio, pero la característica descrita es más bukowskiana que paradigmática del realismo sucio; por otra parte, nada en lo estilístico o lo formal que acerque a Daniel Jiménez a Bukowski]. Al saco de la arena, sin embargo, va un cierto tono misógino que a veces se
vislumbra en el modo en que se habla de los personajes femeninos, y que da la sensación
de ir, en ocasiones, más allá de la ficción de un tipo frustrado con el mundo
que, siendo hombre y sintiéndose rechazado, lo paga más injustamente con las
mujeres que con otros hombres, con los que hay una feroz competición pero al
mismo tiempo un poso inextinguible de camaradería machuna. Cocaína va en ocasiones más allá de un retrato de este tipo para
dejar entrever una serie de confusiones que no estoy seguro de que el autor
maneje del todo.
Cocaína está escrita en
segunda persona, una opción que, si se rastrea cuenta, como casi todo, con una
cierta tradición, pero que está por explorar a fondo. En mi opinión, hacia las
últimas páginas comienza a flojear un poco, más por lo que se narra que por la
forma en que se narra, pero el autor cierra justo a tiempo y aún tiene tiempo
de regalarnos joyas como una entrada de diario en la forma de una sola frase: «29, diciembre Escribir es la única recompensa
del escritor». Sea como sea, se trata de una buena novela, tras cuya lectura
solo se espera que vengan más y también que haya más como Daniel Jiménez, no en
lo temático o en lo estilístico, sino simplemente en lo cualitativo.
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