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viernes, 6 de octubre de 2017

un recuerdín

cuando los soviéticos se hicieron con el poder y todas las oportunidades estaban por aprovechar, se pusieron a la cabeza de Europa en temas como el arte, la educación, la liberación sexual, etc. artistas que no tenían ninguna necesidad de ser arribistas, como Kandinsky, que ya ocupaba un lugar en la historia, acudieron al lugar donde pensaron que había un campo abierto para el arte como nunca lo había habido antes en ningún sitio: para practicarlo, enseñarlo y universalizarlo. se trató de una Bauhaus elevada al cubo, cuando esta ya había perdido todo su encanto revolucionario, aunque por razones obvias (y no hablo de valor artístico) la Bauhaus es recordada por todos y aparece en todos los libros de historia, mientras que aquella etapa artística en la URSS parece ser simplemente una anécdota para la historiografía generalista. sin embargo, llegó un momento en que los artistas tuvieron que elegir entre irse con la maleta a otra parte o dedicar su arte al folletineo y la cartelería, frente al potencial emancipador del arte que obliga al público a enfrentarse al arte y a sí mismo. Kandinsky estuvo entre los que hizo la maleta. los que decidieron quedarse y aún trataron de producir un arte significativo, a pesar de dar su apoyo político a la URSS, tuvieron unas relaciones con el poder burocrático nunca exentas de problemas: Malévich, Ródchenko, Mayakovski… los que se marcharon, puesto que el rodillo burócrata no podía concebir algo así como una crítica desde dentro, fueron tildados de artistas burgueses, y el mismo arte que poco antes había servido a la causa pasaba a ser asimismo pequeñoburgués, como por arte de magia. porque el disenso no solo había de ser rebatido, sino que debía ser deslegitimado, de forma que no quedase lugar a futuros debates, al igual que estaba ocurriendo con otros debates en ciencia o en filosofía. las discusiones había que zanjarlas de inmediato y la parte perdedora (que era perdedora desde el momento en que su opinión no era la del aparato) ser acusada de capitalista y colaboracionista. y estos breves años marcaron la relación de soviéticos, postsoviéticos y herederos con el arte, una relación que se extiende hasta hoy, la relación con una oportunidad perdida que se niega. pero un artista con conciencia, al igual que un trabajador del metal con conciencia, sabe que un burócrata chupatintas no puede ni debe dictar sus pasos, ni tiene legitimidad para decidir si forma parte o no de esa entelequia llamada vanguardia del proletariado.

jueves, 12 de enero de 2017

2017 me como un bizcocho



comienza un nuevo año y muchas cosas quedaron pendientes en este blog.
se quedaron por terminar/publicar:


—un repaso por la discografía de PJ Harvey que ya va con dos años de retraso. Let’s England Shake era el broche de oro perfecto, pero entretanto ha sacado otro álbum.
—un repaso por la discografía de Marduk que lleva escrita a medias por lo menos desde hace otros dos años.
—un repaso al concepto/imagen del «intelectual» y sus condiciones actuales, a su uso por el poder tanto a través de la apropiación como del desprestigio; a la alienación de las élites culturales con respecto de la masa a la que pretenden cambiar. pero tal proyecto rebasaba el espacio de un blog y probablemente mis capacidades actuales para afrontarlo seriamente.
—un escrito que iba de ThousandwillDie a Discordance Axis, hacia atrás en el tiempo, con un batiburrillo histórico-influencístico.
—un repaso al black metal islandés reciente.
—una crítica de un artículo en prensa que defendía que era muy feo reírse de las lagrimillas de un político de la actualidad porque esto sería caer en una actitud muy fea y muy heteropatriarcal. en el escrito defendía que no solo reírse de las lagrimillas no es una actitud heteropatriarcal sino que, de hecho, las lagrimillas del macho en el momento preciso son una expresión machistuna de las de toda la vida. además hacía una serie de matices a incorrecciones histórico-culturales contenidas en dicho artículo.
—un repaso crítico a las teorías pseudometafísicas de Braudillard sobre la guera de Irak en el contexto de la ultratelevisada batalla de Mosul.
—un repasillo a las teorías espectáculo de Byung-Chul Han, argumentando cómo lo que pueda resultar más atractivo e interesante de sus análisis es reciclado y el resto es reaccionario, en el contenido y en cuanto a su aspiración a pura filosofía de consumo.
—un millón de libros que me gustaría haber reseñado y tengo pendientes, algunos desde hace años. La plaza de la estrella o Nada se opone a la noche quedan como proyectos inafrontables a medida que pasa el tiempo. son obras para meditar, pero que hay que tener frescas para darles el repaso que se merecen. caerá la de Cicatriz de Sara Mesa sí o sí.
—montones, millones de discos, sobre todo aquellos que salieron este mismo año, como el Voices de Wormrot, pero no pudo ser.

casi todas estas cosas están prácticamente hechas, pero les falta un rematillo final. probablemente de todas ellas vivirá este blog a lo largo del próximo año. o no.

lunes, 11 de julio de 2016

el marfil es un negocio sucio.



apunte 1 sobre Heidegger:

los artistas que proclaman el arte por el arte y rabian con cualquier expresión de crítica político-social en su seno, y que, sin embargo, no dudan en usar todos los medios a su alcance (menos el arte) para hacer proselitismo en favor de un partido X me causan mucha desconfianza, me resultan harapientos draculillas contra los que la sociedad ha de estar en guardia, como unos Heidegger que pretenden vivir como una especie de ascetas de la estética y el pensamiento en su torre de marfil y que, en el momento menos esperado, se encuentran proclamando la grandeza del nuevo partido nazi.


[en esto, autores como Vila-Matas, en el caso de la literatura, al menos son coherentes y se desentienden dentro de la literatura y fuera de ella].



apunte 2 sobre Heidegger

como ponen de manifiesto las redes sociales, esa fuente inagotable de sondeo, parecen estar de moda las sentencias del tipo «Estos también votan» o «Gente así tiene derecho a votar», ante ciertas manifestaciones de incultura popular. este tipo de declaraciones suelen salir de bocas [auto]consideradas progresistas (el elitismo tradicional tiene su base en otros criterios). que la cultura debe ser un caballo de batalla en la construcción de una sociedad más libre es algo que no se le escapa a ningún utopista, tampoco a ningún distopista. no hay distopía en la que la ciudadanía no esté retratada como profundamente acrítica, aunque no necesariamente como inculta, y he ahí la madre de cordero. en el sentido al que nos referimos, el exceso de cultura acrítica es tan inane como la carencia de ella; que el escribir una coma o no en su sitio sea proporcional al nivel de conciencia política y a la agudeza de análisis social es algo que a pesar de ser proclamado por innumerables sofismas está a aún por demostrarse. en cualquier caso, quienes pregonan este pensamiento de corte elitista (muy característico de esa clase coyuntural conocida como «clase media») deberían preguntarse para qué le valió a Heidegger toda su vasta cultura.


usar el pensamiento crítico con autocomplacencia

                                                                                              no es pensamiento crítico.







martes, 26 de abril de 2016

todas las familias felices se parecen unas a otras

«Todas las voces de todos los cantantes son igualmente repulsivas, pero cada una es repulsiva a su modo».
Moscú - Petushkí, Venedict Eroféiev.

martes, 23 de febrero de 2016

ecos del apocalipsis


Al grano. Con motivo los obituarios que estos días se han dedicado a Umberto Eco aquí y allá, parece haberse resucitado de modo algo forzado la vieja polémica sobre el conflicto entre Alta Cultura y Baja Cultura, y, como no, aquellos que quisieron rendir tributo al profesor «como Dios manda» aprovecharon para abrazar con decisión acrítica la postura que este último mantenía acerca del tema. Sin embargo, una cosa es decir que rechazar la Baja Cultura es cerrar los ojos a una realidad que puede ofrecer sus propias beldades estéticas y otra cosa es negar directamente que la diferencia entre una y otra cosa incluso exista, que es lo que aparentemente defiende una serie de obituaristas en distintos periódicos de todas las tendencias (no me atreveré a decir que Umberto Eco defendía exactamente eso, de forma que tampoco afirmaré que lo que viene a continuación es necesariamente una crítica a las teorías o posturas de Umberto Eco, sino más bien de su prole intelectual —que seguramente se ha multiplicado de un modo espectacular desde su muerte y que, mañana, cuando muera alguno de sus «enemigos intelectuales», los abrazará también a ellos y a sus teorías y no tendrá ningún problema en escupir sobre la tumba que ahora cubre con flores, repitiendo paso por paso un debate intelectual que forma parte del pasado, en detrimento de temas de más calado y actualidad—, aquella que defiende que es lo mismo el Ulises de Joyce que un muñecajo de plástico (pero que ante este mismo ejemplo fruncirían escépticos el ceño, claro, no era eso lo que querían decir), haciendo muestra de una postura involuntaria (creamos en su buena fe) pero apocalípticamente reaccionaria.

En fin, cabe hacerse una pregunta: independientemente del legado material (series de TV, música de radiofórmula, novelones románticos —ah, no, eso no, ¡no era eso lo que querían decir!— que mañana se recoja en los libros y se enseñe en las academias (lo que por otra parte no es síntoma de la calidad de ese legado, sino nada más que de su representatividad de una cultura dada, en este caso la nuestra), ¿puede no ser Baja Cultura o ser Alta Cultura aquello que obedece más estrictamente que otras cosas —pues, no nos engañemos, todo en algún grado lo hace, en cuanto a que todo es mercado, la diferencia estriba en aquellas cosas que son de plástico desde su misma concepción o que acabaron envueltas en tal maraña de chicle que su supuesta honestidad inicial es imperceptible— a las normas del capital, es decir, a la pela?

¿Puede, por ejemplo, una serie como Lost, que se alargó hasta el infinito, cuando sus guionistas tenían pensado que durase solo algunas temporadas, debido a que los productores quisieron la gallina de los huevos de oro lo máximo posible, independientemente de los resultados (no de los resultados financieros, claro) considerarse arte?

Ahí lo dejo; aclarando, eso sí, que no pretendo quitarle a nadie el derecho a disfrutar de Lost y que no es de eso de lo que aquí se trata. También me parece importante remarcar que a quien escribe esto, Arco le parece lo mismo que cualquier serie de TV en un formato mucho más pedante, elitista e insoportable; es decir, que donde pongo la línea no es en si el formato es televisivo o es el temple sobre madera.

Bien; no hay duda de que detrás del origen de los conceptos de Alta y Baja Cultura se esconde un cierto prejuicio de clase con el que hay que tener cuidado y lidiar (he ahí el meollo: lidiar), pero tal hecho no invalida estos conceptos per se (de la misma forma que un posible desprecio de clase hacia quienes manejan esta sociedad tan bonita que tenemos no debe hacernos perder de vista el hecho de que, nos guste o no, ellos tienen casas, ropas y dietas alimenticias más bonitas y de mejor calidad —y conciencia de clase para aburrir, pero eso ya es otra historia y además la lucha de clases está superada [ejem]—); pero además hay que tener en cuenta que los condicionantes de lo que es una cosa y otra (Baja Cultura y Alta Cultura, por si alguien se ha perdido) han cambiado. Hoy nadie (y me refiero a nadie del contexto de las «democracias occidentales», hablando grosso modo, de nuestra cultura, en fin, que es a lo que nos estamos refiriendo todos, ellos y yo), consideraría las fanfarrias de los gitanos de Centroeuropa o los cánticos de los bantús Baja Cultura (sobre lo que piensen las élites de sus respectivas naciones no me puedo pronunciar y tampoco cambiaría mis argumentos), mientras que Gran Hermano sí (vaya, juraría que quienes niegan que exista la diferencia vuelven a fruncir el ceño).

Por otro lado, tenemos el pastiche el intento de acercamiento entre Baja y Alta Cultura que realmente caracteriza a nuestros productos culturales y cuya calidad estética es dudosa (no en el sentido de estético como bello, sino en el uso filosófico amplio del término). Las notas de Fredric Jameson sobre este asunto son esclarecedoras.

La cuestión no es si hay diferencia entre Baja Cultura y Alta Cultura, pues la pretensión de que no la hay no resiste un asalto dialéctico, sino el valor que se le pueda atribuir a cada una.

Quienes, con [¿o sin?] Eco, mantienen que no hay una frontera real entre Alta y Baja Cultura, que no existe la diferencia, que se trata de constructos que no pueden adquirir un valor de realidad, deberían plantearse que lo que están diciendo no es que no haya diferencias entre la buena ciencia-ficción (la mala, sin medias tintas, sin sofismos, la pulp, esa que lo mejor que puede ser es una parodia involuntaria de sí misma, es mala y punto, otra cosa es que pueda ser divertida o entretenida) y James Joyce o entre Don Quijote de la Mancha y una buena serie de TV que se pueda hacer hoy en día; sino que no hay diferencia entre el Loca de Malena Gracia y el piano de Rachmaninov, o que si la hay es tan solo de carácter cualitativo, dejando pasar el hecho importantísimo de que la diferencia entre una cosa y otra no se explica solo a partir de la existencia de buenos y malos compositores, sino que además son hijas de condicionantes superestructurales y estructurales diferentes, es decir, que no se trata de una cuestión de calidad, sino de estructura, y por eso pertenecen por naturaleza conformativa a segmentos distintos de la producción cultural. Si tan solo se tratara de una cuestión de calidad, ¿por qué iba a tener éxito aquello que es de una mala calidad manifiesta? Por favor, que no me salga un V.L. defendiéndome a Malena Gracia que entonces me parto la caja.

La justificación intelectual de lo intrascendente, de las Alaskas del mundo jugando a producirle un disco a Tamara y todos los medios volcados en la obra, de eso des de lo que estamos hablando, ahí es donde radica el carácter reaccionario de esta postura que, en un principio, hay que admitirlo, parece todo lo contrario, es decir, democrática y desprejuiciada (como todo lo que aliena con éxito en el sistema del que formamos parte activa, por otro lado).

Pero la cuestión no es rechazar a Rachamaninov (por poner un ejemplo) porque sea de los de arriba, sino encontrar el medio de arrebatárselo. Con Malena Gracia que se queden ellos.

Llámese Alta Cultura y Baja Cultura o Nidito del Jilguero y Politeísmo Afortunado, si se quiere; el hecho sigue siendo, y lo que es no se puede negar, solo puede valorarse y, en tal caso, superarse.

martes, 9 de febrero de 2016

imitación o influencia / caminos y recovecos


Cuando Kandinsky visitó la exposición de los impresionistas en 1896, la pintura de Monet causó en él un gran impacto, en particular el cuadro Los almiares (1890-1891). Él mismo dejó escrito: «Observé con estupor que aquel cuadro turbaba y fascinaba, se fijaba indeleblemente en la memoria hasta el menor detalle […] En lo más hondo de mí surgió la primera duda sobre la importancia del objeto como elemento necesario del cuadro».
Hay que tener muy presente para comprender el camino iniciado por Kandinsky, que la influencia que entonces comenzó a ejercer sobre él Monet no fue de origen formal, sino intelectual; lo que «impresionó» a Kandinsky fueron las posibilidades que se abrían ante él y no el aspecto visual en el sentido estricto, no el logro pictórico sino el contenido estético, la noción de que representación y pintura ya no tenían por qué ir de la mano, algo que de hecho es probable que el propio Monet no llegase a intuir nunca. El primer periodo de Kandinsky (el de pinturas como Vieja Ciudad II o el célebre El jinete azul / Der Blaue Reiter) es llamado a veces «periodo impresionista», y esto es acertado al menos en la misma medida en que es desacertado, pues da una idea equivocada de lo que realmente está sucediendo en esos óleos, a los que, para comenzar, el posimpresionismo o los nabis, que ya han irrumpido de forma sonora en la historia, han impregnado con su marca, por no hablar de Matisse, el interés temprano de Kandinsky por la relación entre música y pintura o la influencia de los nuevos descubrimientos científicos (la radioactividad, en concreto). Frente a Monet o al resto de los impresionistas puros y duros, la preocupación de Kandinsky, desde el principio, no se centra en la luz sino en el cromatismo, los colores fuertes y el contraste entre los mismos. Resulta difícil pensar que un impresionista (ya no un posimpresionista o un fauvista) hubiera pintado un cuadro como Vieja Ciudad II. Incluso cuando pinta un cuadro de corte indudablemente realista (aunque ya en 1905) como el retrato de Gabrielle Münter (que él mismo despreció, calificándolo de «porquería»), Kandinsky va cargado de futuro y remite al naturalismo inquietante del Munch más realista (probablemente más por el signo de los tiempos que por influencia directa de este).
            Los textos nos pueden decir mucho sobre una obra de arte dada o sobre el devenir del arte en general, sin embargo, quizá cuando nuestra intención es disfrutar como público antes que como estudiantes o estudiosos, lo mejor que podemos hacer es olvidarnos precisamente de los textos y limitarnos a ver. Aunque se pueden poner muchos matices a esta afirmación o negar la mayor directamente, es un apunte importante en la era de Wikipedia y la erudición 3.0. En fin, los textos pueden dar un contexto a la obra, pero la obra también da un contexto a los textos y si perdemos de vista ese último sentido del intercambio informativo para la contextualización, corremos el riesgo de analizarlo todo a partir de un contexto artificioso (creado a partir de un apriorismo o apriorístico en sí mismo, por ejemplo) y por lo tanto falso (y lo hacemos). Para valorar la relación entre influencia y resultado y de paso calibrar la relación entre pasado y futuro en la conversación artística, plástica en este caso, nunca viene de más recordar la veneración de Bacon por Velázquez, que no era ni más ni menos que su modelo artístico. En este caso queda patente que los resultados no da lugar a reduccionismos mecanicistas. Nadie diría que Bacon es un pintor barroco al estilo del siglo XVII. Así, decir que Kandinsky fue alguna vez un pintor impresionista o un imitador de Monet, etc.

viernes, 29 de enero de 2016

rhyming with everything

compuse un poema, se llama 'champuses':

champuses

dijo
un señor
que españa
necesita
un cirujano
de hierro
digo yo
que más bien
necesita
un champú
anticaspa

viernes, 12 de junio de 2015

volando vengo

Llevo ya algunos años dándole vueltas. Es curioso cómo los que más repiten que somos un país de mierda, que somos pícaros por naturaleza, que todo lo hacemos mal suelen ser neoliberales y fachas, o sea, neocons de banderita, que resultan ser los mismos que se calientan con los pitidos futbolísticos y otras expresiones similares y están todo el día machacando con la marca España. No hablo necesaria ni, desde luego, principalmente de políticos, que son políticos, sino más bien de toda una serie de «generadores de opinión» que andan sueltos por ahí. A la par, es curioso cómo muchos a los que la bandera nos viene sudando el carajo desde que tenemos uso de razón, parece que de repente nos hemos vuelto los mayores defensores del ciudadano español y de España (así como concepto) frente a ciertos ataques que se pretenden sociológicos y no pasan de burdo racismo (los mismos que se hacen a Portugal, Grecia, etc.), por simple huída de tópicos apriorístiscos e intención analítica. Ironías de la vida. Tenemos que creer en España pero que no se nos olvide que los españoles somos una mierda. Ese es el mensaje que quieren que nos creamos los de las banderitas. Está claro que, así, la bandera se la pueden meter por el culo.

Fin de la comunicación.

martes, 25 de noviembre de 2014

Intelectualismo de postureo


Aunque no estoy de acuerdo con quienes tratan de extrapolar los argumentos del ensayo Chavs de Owen Jones a la realidad española, ya que la estructura socioeconómica del Reino Unido es, hoy por hoy, bien distinta de la de España (muchos años de Tatcherismo encima), parece claro que la existencia de la cultura «choni» actúa como catarsis para los elementos sociales con un nivel cultural medio, entendiéndose que hablamos de gente con una carrera universitaria (no necesariamente de una clase socioeconómica por oposición a los «chonis» que representarían un estrato socioeconómico diferente si nos acogiésemos al análisis de Jones, con lo que yo no estoy del todo de acuerdo para el caso de España, mientras que en el Reino Unido es algo claro). Si no en origen, seguro que en la actualidad, programas como Gran Hermano, o mejor aún Gandía Shore, tienen un importante componente de recreación en la miseria intelectual del «choni»: su incultura, su frivolidad, su falta de miras y de perspectiva... No se trata de puro entretenimiento a costa del otro, de unas simples risas con causa en la idiotez ajena (lo que ya de por sí sería triste); el percibir estas características en el otro refuerza, además, la idea fundamentada o infundamentada de que nosotros carecemos de ellas, de que formamos parte de una élite intelectual, en el sentido de cultivada, educada, culta.

Este «chonismo» asemejable a ignorancia crónica parece además preocupar como un mal endémico a los mismos individuos que disfrutan con sus peripecias, que por otro lado se echan las manos a la cabeza ante un estado de incultura cada vez más generalizado (en una interpretación, por otro lado, terriblemente positivista sobre lo que es cultura/incultura), en una actitud a veces demasiado paternalista que por lo demás no suele hacerse preguntas demasiado complicadas sobre la sociedad que ha generado esto o aquello. Si la incultura, en cualquier caso, es un problema generalizado, tiene una solución tan simple como política, pero mucho me temo que a quien gusta esta sociedad, con todo lo que ello implica, en el fondo, le gusta como está. Entretanto algunos se limpian la conciencia emulando una especie de lucha dialéctica con las altas esferas y las instituciones.

Esta extensa introducción para introducir el fenómeno que personalmente me preocupa bastante más que el «chonismo»: el del intelectual frustrado o de pose, que tiene precisamente su origen en esa clase educada y que es mucho más nocivo para el pensamiento ilustrado que cualquier «choni» de pura cepa. En primer lugar habría que reflexionar sobre la forma en que se ha desprestigiado el concepto mismo de «intelectual», hasta el punto de que, desde hace tiempo, se utiliza el término como intrínsecamente despectivo (y no por parte de «chonis», precisamente), y sobre por qué esto puede haber llegado a ser así. Yo no tengo duda de que, independientemente de la parte de responsabilidad que pueda tener el mundo académico, que probablemente es bastante, el que gana con esta conceptuación de las cosas es el poder. Con el desprecio a la cultura siempre gana el poder. Dejo la reflexión aquí, porque indagar en la respuesta también daría para bastante, y ahora no es el asunto central. Sí me gustaría apuntar que una sociedad igualitaria no sería esa en la que los intelectuales no existen, pues como élite han debido desaparecer, sino aquella en la que todos seamos intelectuales, como bien sabían en los poco sospechosos de posmodernos ateneos obreros.
En segundo lugar habría que reflexionar sobre la idea que también parece muy arraigada entre la clase educada de que todas nuestras filias y fobias han de tener una base intelectual firme. Si a alguien, por ejemplo, no le gusta la filosofía, parece carecer de suficiencia intelectual como para decir: «la filosofía no es algo que me guste, no la entiendo o no conecto con ella y por lo tanto no la cuento entre mis intereses y paso del asunto»; no basta con eso, porque quizá parecemos sospechosos ante nosotros mismos de esa miseria intelectual que nos regocija constatar en los «chonis», por lo que parecemos sentir la necesidad de desprestigiar eso que se nos escapa: «la filosofía no me gusta porque es para "intelectuales", es abstracta y en el fondo no dice nada, es para gente a la que le gusta perder el tiempo, es para gente amiga del postureo», etc. Hay miles de ejemplos en la literatura o en el cine, siempre más sujetos, por razones claras, a la subjetividad. Las personas con una licenciatura (por utilizar la carrera como rango distintivo de la élite intelectual que se opone a lo «choni») y un alto concepto intelectual de sí mismas no parecen sentirse capaces de decir: «me encanta Star Trek y me aburre Kubrick y no hay más», parecen sentir la necesidad de justificarse y la única justificación que parecen encontrar es la de demostrar que en realidad lo que normalmente se considera elevado es de imbéciles... de «intelectuales». La justa medida está en Star Trek, que además ya no es un mero producto de entretenimiento más o menos bien hecho, sino una obra excelsa, frente a las pobres producciones de serie B (lo que es peor y constata la calidad de lo que es mejor) y frente a la cultura del canon (que es pedante, un timo). Star Trek es la justa medida de todas las cosas. Esta incapacidad de disfrutar las cosas en sí, la necesidad de buscar una coartada intelectual, es nociva por necesidad.

En el entorno social de las clases cultas (tal como las hemos definido) y en conexión directa con los dos fenómenos que acabo de describir (el desprestigio de lo intelectual y, paradójicamente, la necesidad de justificar intelectualmente nuestras tendencias y preferencias estéticas) han aparecido en los últimos años una serie de iluminados que bien podrían definirse como intelectuales frustrados o de postureo. Son personas para las que el mismo helado que comen los demás, el mismo videojuego al que juegan los demás, el mismo tebeo que los demás leen, la misma película de mierda con la que los demás pasan el rato son fuerzas estéticas mayores, y le explican al mundo el cómo y el porqué por si este estuviera demasiado absorto para haberse dado cuenta. Se trata de individuos (de perfil más o menos definido) con pretensiones intelectuales que sin embargo no están dispuestos a hacer el esfuerzo que se requiere para engrosar las filas de aquellos académicos de los que hablábamos antes, por lo que deciden amoldarse a la misma vida que tienen los demás (lo que es en sí perfectamente respetable) e intelectualizarla. Si antes existían los poetas que no escriben, aquellos cuya obra poética es su propia vida, ahora, gracias a este grupúsculo existen también los intelectuales que no inteligen. Utilizo el término «intelectual» para definirlos porque así es como ellos, tanto si lo admiten como si no, según el caso, se consideran; los pongo en relación con el desprestigio del concepto de «intelectual» o de «lo intelectual», porque odian con todas sus fuerzas lo que está establecido como tal (y que no deja de remitir a la banalidad de lo que ellos hacen, recordándosela con su mera existencia) y nada les gustaría más que aplastarlo bajo su martillo de pobreza dialéctica, a pesar de que no dudarán en citar al mismo Derrida si es necesario en su enésima conversación sobre los cómics de Spiderman de Stan Lee o del último misterio de las pirámides, con el único fin de epatar a su interlocutor y de confirmar su intelectualidad a través de dicho efecto y no de una construcción intelectual/argumentativa trabajada y que en ese sentido pudiera resultar admirable. Sin embargo, tampoco dudarán en responder, si en otro contexto se les pregunta si han leído a Gombrowicz, que eso es para «intelectuales». Gombrowicz no es Derrida y su nombre suena suficientemente poco familiar como para poder atacarlo sin «quedar mal» (que es otra de las bases filosóficas profundas de la actitud –porque cabe más hablar de actitudes que de pensamientos– del intelectual frustrado). Para el intelectual frustrado no existe aquello que no ha leído, visto, oído o vivido por falta de tiempo, por prioridades o por puro desconocimiento. Lo que no ha pasado por sus manos es simplemente porque no valía la pena que pasara, no siendo pocos los casos en los que la razón de tal falta de interés es que se trata de algo para «intelectuales».

El intelectual frustrado es como un trasunto de esteta que, en lugar de buscar lo excelso, exige al mundo que asuma como tal aquello que él ya tiene entre las manos. El intelectual frustrado escupiría sobre todo aquel que disfrute tratando de desentrañar lo que se esconde en los textos de Foucault o de Barthes, pero no duda en utilizar su terminología (vaciada de todo contenido, pues no hay contenido sin comprensión y la comprensión lleva algo más de cinco minutos) aplicada a toda clase de contextos que ni la necesitan ni la piden. Un videojuego no puede ser una estupenda experiencia de entretenimiento sin más, sino que el intelectual de postureo no se conforma con menos de que sea (realmente o verbalmente, tanto da) una vivencia artístico-sensorial que pone en un nuevo nivel de paroxismo el mundo tal y como lo habíamos conocido hasta el momento. Lo mismo para una película de zombis. Y que se cuiden los incautos de observar que no hay más de lo que se ve, pues la reacción será furibunda y a la terminología semiótica se sumarán un puñado de adjetivos que a este tipo de intelectual también le resultan herramientas dialécticas muy útiles.

Es este intelectual frustrado o de postureo, que no parece preocupar a quienes dicen preocuparse por la miseria cultural del país, el verdadero peligro para el futuro intelectual del mismo (nótese las distintas connotaciones y usos de que la palabra «intelectual» se ha investido a lo largo de este mismo texto y se tendrá una idea más o menos aproximada del cacao que tiene esta gente en la cabeza), pues no me consta que el desprecio a la academia (que sin duda tiene sus propios problemas) o la prepotencia en el aprendizaje y el desprecio hacia el conocimiento ajeno e incluso hacia cualquier cosa que a uno se le escape esté en los genes de los llamados «chonis». No me consta, vaya, que los «chonis» sean enemigos declarados o tan siquiera tangenciales del proyecto ilustrado de una cultura elevada y generalizada al conjunto de la sociedad; mientras que el intelectual frustrado o de postureo no dudaría en destruir todo un mundo de pensamiento, para que ya no quedase ni rastro el día de mañana, para que en el futuro La guerra de las galaxias no sea entretenimiento para hacer volar la imaginación de los seres humanos, sino la única y verdadera carrera universitaria, que ellos, entes superiores que la llevan estudiando en todos sus aspectos (intertextual, semiótico, histórico, holístico, metatócateloshuvosístico) durante gran parte de su vida, serán sin duda encargados de impartir, por fin engrosando las filas del conjunto social de la intelectualidad, que siempre han odiado tanto. Entretanto seguirán opinando sobre cualquier cosa como si de cada una de ellas fuesen expertos, excepto, eso sí, de todo lo que es de «intelectuales».

El que suscribe no tiene duda de que compartiría barra de bar mucho más a gusto con un «choni» que con uno de tales intelectuales frustrados o de postureo, y de paso así poder hablar de las películas de zombis, de La guerra de las galaxias o del Spiderman de Stan Lee como se habla de lo que ha sido hecho para entretenerse, no para lucirse.

Jesús N.

jueves, 27 de febrero de 2014

Drácula no es...



¿qué es entonces, Drácula? Drácula es una historia de no-madres que devoran quizás niños, es una metáfora de la eterna lucha del bien y del mal o de la eterna e imposible lucha del hombre contra la muerte, Drácula es la muerte, con sus limitaciones y sus poderes sobrenaturales, Drácula es una oración a San Jorge que se repite en su día desde lo más profundo de Inglaterra, es una historia de amor, claro, amor condenado, amor con sufrimiento, como tiene que ser el amor con mayúsculas desde que el cristianismo decidió sobre nuestro modo de amar y en él se impuso, es la historia de un cornudo demasiado pusilánime para salir bien parado de un duelo entre caballeros, es la terrible asociación de lo erótico y el mal, los principios de Sade aceptados como fórmula pero rechazados como forma de vida, es el principio y el fin de la novela gótica y de la leyenda de los vampiros y de las formas de vida victorianas y un hervidero para películas futuras que serán realizadas con mayor y menor fortuna, obras de arte que existen gracias a obras de arte, una mota de polvo en la inmensidad del universo impreso.

martes, 7 de enero de 2014

The Last Waltz


If I had to give the name of a thinker for whom History is a compound and a tool of invaluable valour, I would instantly go to Marx without any doubt. To explain the historicism in Marx analyses and theories here and now would be reverberant, but I think it will be enough to mention that History is divided in differentiated periods (modes of production), which are overcame through dialectics (class struggle more precisely), and will have the disappearance of the State as its final result, and the formation of the communist society, leading to the perfect organization and general happiness. That was a simplistic and even naive exposition of Marx or basic Marxism or historical materialism or whatever; but as I said, it will be enough for what I am about to say/ write in this article. Anyway, what we can see is History conceived as a metanarrative (clearly organized and divided, and moving towards one specific direction, the end of class society and classes themselves) and in fact an optimistic point of view on History (for Marx, the classless society was something that inevitably was going to happen, the result of History and the mechanism of dialectics working on it).

When we saw Horckheimer/ Adorno, we could discover to distinct marxists actually leading Marxism to a new level, through considering aspects that were not present perhaps on the period of life of Marx himself. Horckheimer and Adorno made themselves the question (and they were not alone questioning that) of if was still possible to live, to think and to make arts after the Holocaust, and if it had a sense anyway. With Horckheimer/ Adorno, even without renouncing to their militant speech, we delve into a way of thinking in which History seems to not have sense anymore, or it is loss. On the other hand, the impending ending of the class society does not seem to be so imminent now. Nihilism against optimism (or voluntarism), unsense against sense, are things we can advise when comparing Horckheimer/ Adorno with Marx.

For both Marx and the team Horckheimer/ Adorno, History has a magnificent importance; for the first of them as engine of History, for the second (Horckheimer/ Adorno) as a shadow that darken present and future.

It is hard to know how Marx would had reacted before Horckheimer/ Adorno analyses or theories, even if numerous intellectuals of Marxism have reacted negatively to them (many others positively too); regarding to the question of if it is possible or desirable to make art after the Holocaust (question a bit rhetorical for Horckheimer/ Adorno themselves actually, since they seemed to think that the answer was "not" really) I would like to remember the answer given by a lot of artists and thinkers at the time: yes, of course, more than ever, with more reasons than ever.

martes, 3 de septiembre de 2013

de esto y aquello

que la novela  posmoderna está agotada es algo que cualquiera sabe desde hace mucho, incluso yo que no estoy al día. una de las tareas del escritor (o del crítico como motor) es la de pensar y repensar la literatura, indagar en ella para averiguar o intuir el paso siguiente a dar.
que hay que dar pasos es algo que se desprende de la primera afirmación de este escrito.
dar pasos atrás para luego dar otros tantos adelante es tan lícito como correr hacia el frente sin conocimiento, a pesar de lo fácil que pueda ser darse una hostia.
proponer la vuelta a la novela decimonónica o alguna de sus variantes puede no ser mala idea si lo que se plantea es una indagación.
la vuelta a la novela decimonónica o a alguna de sus variantes como un fin en sí misma, en plan «la fiesta se ha acabado» es lo mismo que negar la organicidad y la evolución de la litertura, el arte, o lo que se quiera, y no solo eso, sino además consterñirlas.

jueves, 8 de agosto de 2013

¿Para qué sirve pensar?

En un curso en Internet se ha planteado la pregunta de para qué sirve la filosofía y si no será un frívolo entretenimiento elitista, sin más. Si le añadimos un «a veces» delante, desde luego se puede aseverar que la filosofía está en la categoría de «frívolo entretenimiento elitista», como casi cualquier ejercicio al que nos lleve la facultad de pensar, fuera de la solución de un problema cotidiano dado.

Copio la siguiente respuesta y así relleno un poco este blog galano. Os invito a opinar:

«In my opinion, you take very good questions out, XXX.
The thing is that, not only in Philosophy, but in any Social Science (in plaintly Science it exists too, but with a different appearance, since you need to have a good background to be a charlatan in Science before an informed public and stand more than one assault) you can find a lot of "thinkers" that are not actually interested in generate knowledge, but only in doing an exercise of imposing their own points of view and treat those who do not share this opinion with a kind of elitist condescendence. It is something which you (or we) have to deal with.
You have the same kind of sterile arguments in History, Sociology, and Economics... On the other hand you can find a lot of people who, independently of having a very own built vision of things, are open to discuss them with the aim to enriches the subject itself. In my opinion we have here on one hand a passionate expression of knowledge and on the other hand a more scientific one (more analytical, more concerned with the possible truth than with their own truth, etc.).
We should judge any discipline, I think, for its virtues before its defects, to have an accurate vision of what such discipline can give to us or to our society.

Well, leaving aside the things philosophy can and still do provide for acquiring scientific knowledge in the societies today, I always have though that any way of thinking and delving into anything (even if such thing is itself not a practical thing) teaches us to develop and use tools for us to be more analytical, more critical and, then, helps us to understand everything that happens around us, and being a bit less what certain people want us to be (noncritical mechanic workers and consumers) and a bit more free and human».

Y nada. Dadle a la música, al alcohol y al berolo. El resto viene rodado.

Pop_Subnormal_y_Punk_Intelectual.

miércoles, 1 de mayo de 2013

1 de mayo

Si la desobediencia civil fuera legal o hubiera que pedir permiso para practicarla, no sería desobediencia. Su  base es moral y eso no hay ley que lo tumbe.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Transformar la vida.

La poesía es en gran parte una transubstanciación de la realidad. Un autor recoge una serie de impresiones sensibles del entorno y las plasma en el papel, representadas en signos lingüísticos escritos y reconstruídas, después de haberse filtrado por el tamiz de su imaginario. Así, el lector que nunca estuvo en Palmira puede sentirse arrebatado por las emociones que la ciudad hubiera inspirado a un poeta cualquiera, sin que necesariamente sepa a qué exactamente se refiere en concreto el escrito. Es por eso que la poesía es por tendencia menos descriptiva que la prosa y ha de introducirse solo con mucha cautela en el campo de la observación objetual de la realidad. Sin embargo, esto no debe servir de excusa, como ocurre tantas veces, para que el lector se tenga que conformar. Para diferenciarse de una mera construcción o reconstrucción embellecedora de la realidad, es decir, para conseguir trascender el simple ornamento y llegar a ser una verdadera obra de arte, la poesía en tanto que reflejo estético de la realidad, ha de recoger una voluntad transformadora, ya sea de cada individualidad social o de la sociedad en su conjunto. La poesía verdadera ha de contener un impulso para transformar las propias condiciones de vida.

domingo, 10 de febrero de 2013

me va la vida

no seáis cazurros, no hay ningún puto nuevo orden mundial, solo la misma puta mierda de siempre tratando de jugárnosla una vez más. y siempre juega con ventaja.

viernes, 1 de febrero de 2013

EyEyEy

Parece que el parón de Navidad se ha hecho, en mi caso, más que prolongado, pero aquí estamos otra vez. Estaba pensando hoy: o actualizo el blog cuanto antes o no sé, porque para actualizarlo cada tres meses y que lo lean cuatro amigos lo jubilo, pero tampoco es eso lo que quiero.
Durante al menos tres semanas he dado vueltas a posibles temas y han surgido por lo menos tres que con toda seguridad serán actualizaciones en el futuro (espero que cercano). Sin embargo lo que falta es tiempo y de momento, todo a lo que me estoy dedicando ahora mismo es a escribir porque sí, para que parezca que esto importa y que lo seguiré actualizando regularmente, que solo ha sido un susto y que toda la gente a la que le interesa pasarse por aquí de vez en cuando todavía tiene pop subnormal y punk intelectual para rato.
Como os digo, no hay tema; y no porque esté sin temas sino porque estoy sin tiempo. También sería fácil ponerme a hablar de política, porque con eso hay actualización para rato. Se pueden llenar un par de páginas elocuentes en unos cinco minutos.
Pero nada.

Solo una cosa; esto es 1984, si un policía te tiene que dar mil ostias, que no sea por gimotear para que te den unas pocas migas de pan.